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"El misterio" | Cocina de Primavera  

Meditación

MEDITACIÓN DE NAVIDAD

Al principio Dios creó la oscuridad.
Después el silencio.
Y la luz, para ver donde iba a colocar
la belleza de las cosas.
Y allí se encontrara cada una al despertar cada mañana,
cuando Él da la luz.
Las estrellas, el brillo de sus ojos,
como una bandera.
Y luego los aromas, el canto, el vuelo, la piedra.
Al fin, con un beso hizo al hombre
en su doble formato de amor.
Y le dio corazón para quererle,
alma para conquistarle
y vida para que la viviera junto a Sí.
Los ojos del asombro descubrían
en cada amanecer los dones
de los Tres Reyes divinos.
Siempre era Epifanía.
Buscaban y encontraban
los nombres escondidos de las cosas,
las nombraban como si fueran Él.
Porque eran imagen de su mano creadora
que se junta para orar, amar y trabajar.
Para ser alfareros del amor en lo ordinario.

Entonces eran niños transparentes.
Hablaban con los ángeles.
Pero un día huyeron al desierto
no sé por qué engaño
de falsa libertad, por qué espejismo.
Se fueron.
Y Dios se quedó mudo. Sin quién hablar.
¿Para qué quería ya el mar, los bosques
sin los ojos que quería regalar?
Entonces nacieron las espinas.
Y Dios se puso triste por el dolor del hombre
y de la mujer.
Agnóstica se hizo la oración.

EL AGNÓSTICO
Un poema intrascendente.
Un nombre todavía en el tintero.
Una ciega paloma mensajera.
Un grito no nacido lo bastante.
Un dolor incomprensible.
Un poeta del solo amor humano.
Un ansia blanca en la raíz del azul imposible.
Un buscar la meta donde nadie espera.
Un niño que no quiere jugar con Dios.
Nada más que unas huellas sobre el mar.
Un mantra que no espera una respuesta.
Un camino sin fe. Un condenado
a permanecer en un libro de historia.

Ríos de polvo y noche. La noche oscura.
Sólo bisutería de las estrellas frías,
lejanísimas, fugaces, sordomudas;
ídolos consensuados en Babel.
No podemos saber si nos esperan
más allá de los brillos que prometen.
No sabemos si ellas también mueren. No sabemos.

El verano atormentaba las faenas,
el calor acumulado de mil años
recogía la costumbre penitente
de Adán. La siega bajo el sol.
La fiebre de la tarde agotaba
y los gritos que poblaban carreteras.
El silencio no aguantaba ni siquiera
por las negras chicharras de la noche.

Pero llegó un momento acurrucado,
a la hora en que los grillos rezan,
el corazón se salió a respirar
al ruido de la luna y de la fuente.
La bóveda celeste era presagio,
espacio protegido por los salmos,
donde eterna, la Palabra creadora,
compartió su descanso confidente.

Voces lejanas,
como un eco profeta en la conciencia
se acercaba. Acelerando el corazón.
Se decía del Sol, que apaga estrellas,
de la Luz, camino al cielo,
que de allí viene.
Y fue donde nació la astronomía, de Babilonia,
de donde las lágrimas volvieron,
tres magos atisbaron que algo se movía.

¡Dios, mío!
¿por qué? ¿dónde estás?

La llave se descubre cuando se ha perdido.
Regresa la aceituna hasta su olivo,
la imagen al espejo,
la pregunta.

Estabas a la espera.

Adán, ¿por qué? ¿dónde estás?
¿quién eres? ¿quién soy para ti?
¿Un olvido?

Ahora sé que antes, mucho antes
me hiciste –soy–
una pregunta tuya.
Ni signos ni sílabas. Silencio
en selvas de hormigón, anónimo escondido.
Pero tu mano de higuera
me reviste de misterio.
Frente a frente las preguntas,
inicio del saber estricto.

Las respuestas están en el camino.

Llegó la Navidad, Jesús, el Regalo,
el Camino que pasa a nuestro lado.
No lo sabemos porque esta vida es de noche.
Porque fue la oscuridad
lo que Dios creó primero. Y el silencio.
Pero Dios está detrás, justo detrás.
Mirada confidente.

No necesita de palabras el amor,
como una rosa dejada en un portal, nos ha hablado.
Que sólo los que son como niños pueden entrar
en el reino de la poesía de Dios.

“Cuando un sereno silencio lo envolvía todo,
y al mediar la noche en su carrera,
tu Palabra poderosa, Señor,
vino desde tu trono real” (Misa 30-XII).
El silencio se rompió con el gemido de un Niño.

Y el Verbo se hizo carne. Duro experimento.
Probar la sal del mar, oler la sed del cierzo,
oír todas las horas,
tenía que aprender los movimientos.
Sentir cómo le iba el corazón
trasplantado en un encuentro.
Amar y obedecer tomaron cuerpo.

¿A qué sabe la fe, el tacto abierto?
¿A qué sabe este mundo
cuando decimos nuestro?
Por amor ha probado nuestra carne
en bocados de horrible sufrimiento.
Pero el hombre por eso te “conoce”
tomándose tu fe como alimento.

Amar en cara a cara, cuerpo a cuerpo,
alma con alma, carne sin hueso
que rememore hoy la calavera al beso.
Y el hombre sabe a Dios ese momento.

NAVIDAD ES EL REGALO
El viaje ha concluido. Era Belén.
A la casa paterna de José
habían vuelto todos
hermanos con críos y cuñados.
Navidad desde entonces es retorno
a la raíz de lo que somos,
añoranza de manos primitivas,
la sed que nos nace del Amor.
No pudo ser en casa, estaba llena,
acalorada en mil ocupaciones
y fuisteis a nacer al frío establo
como un niño que nace en un andén.
Sólo
la virgen más prudente te esperaba
con su célibe marido, con sus lámparas
en alto, a la escucha
de la voz que nos trae la primavera.

Una ola mariana te recoge,
una barca de gozo carpintero
un silencio elocuente donde cantan
los ángeles alados y algodón
con la saga de David en los pastores,
como antaño, chavales de Belén.

Inicias a tus ojos, ahora inmóviles,
contemplativos de cosas que ahí están
tal cual Tú las pesaste, Autor de las palabras,
con la nueva perspectiva de los hombres.
La mula como el buey te están mirando,
devuelven a tus ojos forasteros
asombros animales. Seriamente
como si fueran pensando
si acaso no eres Tú su primer dueño.

Los hombres no te esperan. Son
como árboles adustos sin veleta,
resecos por sus gustos materiales.
Sonámbulos que cruzan por las calles
sorteando miradas. La tuya no la ven.
Es un bosque de anónimos el mundo.
Hormigas invidentes que se tocan
con la punta casual en los espejos
de tantos autobuses donde cuelgan
espejadas las bombillas de otros ojos.

Están secos, los ves; que ellos no saben
alzarse donde el soplo de las nubes
apaga la tarde,
ni al nombre que destella cada rostro,
en que te haces mortal.
Son de vidrio sus ojos y se rompen
en aceras de dolor como cristales.
Precisan suicidar en esta noche
su vida en pasatiempos, y en alcohol
se vuelven en estado mineral.
No recuerdan ya la luz.

La luna sí.
No deja de mirarte enamorada.
Cómo te gusta la luna que insinúa
a la conciencia de la tierra su otra cara;
y chapotear en el agua, niño; y romper
las lunas aparentes de los charcos…
Qué blancamente cae la nieve.
Has llegado
tibio, mórbido, límpido, encarnado.

A los miles de hombres inhumanos,
a tantos semovientes como sombras
que bailan en tinieblas estancadas,
dales hoy, Regalo,
la sorpresa de una estrella donde vean
la largueza de tu viaje, de años luz,
por nacer en sus dedos de cristal.
Oh Regalo de esta noche, nostalgia
de sus párpados, esta noche dales,
y entre ramas de lágrimas descubran
el Don que parpadeas indigente
en el portal de sus manos.



“El llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría” (Juan de la Cruz).
“Sic nos amantem, quis non redamaret?”
Al que así nos amó, ¿cómo no devolverle amor?
Adeste fideles! ¡Fieles, acudid!

No fueron labradores, sino descendientes de Abel,
los pastores con sus mejores regalos.
Pastores. Como Abrahán, como David.
Como sería Jesús, el Buen Pastor del alma.
Somos niños-corderos que vamos al Belén.
La lavandera y el río de papel albal,
y el castillo de corcho con su enorme soldado,
las ocas, las palmeras. Vamos
sobre la arena entre el musgo que pusieron nuestros padres.
Llegamos.
Y arrodillada el alma nos dejamos.
Queremos ser nosotros el regalo.
El alma pura, nos dejamos
reconciliar con Dios. Nosotros, tan lejanos.
Miramos a María y a José. Al Niño… lo besamos.
Figura de madera sonrosada. Pero el beso
lo recibe Jesús.
Los niños tienen razón,
los que se creen Navidad.
¡Niño lindo, ante Ti me rindo;
Niño lindo, eres Tú mi Dios”.
Tú eres mi tesoro, tú eres mi alegría,
tú eres vida mía, yo te quiero amar.

VILLANCICO
Cuando llegues esta noche
Niño de cuna inmortal
déjame en tu nueva cuna
un regalo celestial.

¿Cómo sabremos la gente
cuándo aparece un niño?
Nace una estrella, un guiño
en la noche de repente.
Pues que brilla por oriente
y ésa era la señal:
Cuando llegues esta noche...

Cuánto te esperaba, ¡cuánto!,
me fue creciendo el deseo.
Abro tu regalo y veo
que yo no esperaba tanto,
pues yace Dios bajo el manto
de una carne de cristal.
Cuando llegues esta noche...

Quisiera ser una flor
en tus mejillas divinas.
Perdona si tengo espinas,
pues las arranco en dolor,
recibe ya sin temor
este beso vegetal.
Cuando llegues esta noche...

Si vas a romper cadena
cuando vueles en la cruz;
Paloma, manos de luz,
desciende sobre mi arena,
bendíceme esta pena
y libérame del mal.
Cuando llegues esta noche...



Y volvemos al silencio,
a la estancia de Dios en esta tierra.
Mirando el Nacimiento. Mirando
a Jesús dormido
en la popa del sagrario.
Ahí nos espera, vivo, hoy, en la confidente
intimidad de su Comunión
eucarística.

“No la dejemos dormir
la noche santa,
no la dejemos dormir”
(Luis Rosales).
Terminamos
con una comunión espiritual.

JMG 15-XII-2011



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